Una invitación a la humildad para dueños de negocio
Si tienes una empresa que funciona, felicidades: lograste algo que muy pocos logran.
Trabajaste años, arriesgaste tu patrimonio y tomaste decisiones que nadie más se atrevió a
tomar. Nada de eso es poca cosa.
Y aun así, quiero invitarte a una reflexión incómoda, pero liberadora: una parte de tu éxito
—quizá más grande de la que imaginas— no fue mérito tuyo. Fue suerte.
Los vientos que no viste
El economista Robert Frank, en su libro Success and Luck, usa una imagen que todo
empresario debería tener presente: los vientos en contra y los vientos de cola.
Los obstáculos que venciste los recuerdas perfecto: el año en que casi cierras, el cliente que no
te pagó, la crisis que sorteaste. Te costaron sudor, y por eso los tienes grabados.
Pero ¿y los vientos que te empujaron? El cliente ancla que llegó en el momento justo. La
persona clave que apareció cuando más la necesitabas. El competidor que quebró. La
economía que despegó justo cuando abriste. El contacto, el socio, el crédito que sí te dieron.
Esos vientos también movieron tu barco. Pero como nunca tuviste que pelear contra ellos, se
volvieron invisibles.
Y ahí nace una contabilidad tramposa que todos hacemos: cuando la empresa crece, es por
mi visión; cuando algo sale mal, fue el mercado, el gobierno, la gente. El empresario
exitoso rara vez cree en la suerte… hasta que le toca una mala racha.
La paradoja que conviene recordar
Podrías pensar que mientras más grande se hace tu empresa, más se debe a tu talento. Frank
muestra que suele ser al revés. Cuando compites contra otros empresarios igual de capaces y
trabajadores que tú, el esfuerzo deja de ser el diferenciador —porque todos lo tienen—. Lo que
muchas veces inclina la balanza es el timing y la fortuna.
Por qué la humildad es buen negocio
Nada de esto es para que te sientas menos. Es al contrario. Reconocer el peso de la suerte no
te quita mérito: te vuelve mejor empresario.
El dueño que se cree dueño absoluto de su éxito deja de escuchar, deja de aprender, repite
fórmulas que ya no funcionan y actúa como si nadie más en su empresa hubiera aportado.
Vive, además, con miedo: si todo depende de su genio, todo puede derrumbarse el día que se
equivoque.
El empresario humilde hace lo contrario. Escucha. Agradece. Reconoce a su equipo. Se
pregunta qué de verdad funcionó y qué solo lo acompañó. Y por eso toma mejores decisiones.
Los dos tiempos del empresario
Hay una forma simple de vivir esto sin caer en el fatalismo de «para qué me esfuerzo si todo es
suerte»:
Al decidir y actuar, compórtate como si todo dependiera de ti. Máximo esfuerzo, máxima
responsabilidad. Es lo que produce resultados.
Al mirar los resultados, reconoce cuánto te ayudó la suerte. Si te fue bien, agradece y
pregúntate qué viento de cola no estás viendo. Si te fue mal, no culpes solo al contexto: busca
tu parte.
Confianza total para decidir. Humildad total para interpretar.
La invitación
La suerte reparte las cartas. Tus decisiones deciden cuántas manos juegas y cómo respondes
cuando te toca una mala.
Así que la próxima vez que celebres un logro de tu empresa —y ojalá celebres muchos— hazte
la pregunta más valiosa que puede hacerse un dueño de negocio: ¿cuánto de esto fue mérito, y
cuánto fue fortuna?
No para restarte valor. Para mantener los pies en la tierra, agradecer a quienes te empujaron y
seguir siendo el tipo de líder que merece la buena suerte que le toque.
Por tu libertad empresarial
Alejandro Valdés